“La gravedad de la ofensa se mide de acuerdo con la dignidad de la persona ofendida” expresó un antiguo filósofo. Se ha definido la culpabilidad como el remordimiento que se siente al cometer una ofensa real o imaginaria. En ocasiones, existe un sentido de culpa determinado como una consecuencia del deseo de que una acción no se hubiera llevado a cabo, o de que algún evento no hubiera ocurrido; o de que no se nos hubiera sorprendido. Cuando tratamos de rechazar algo que no puede ser desechado, sentimos profundos remordimientos y una pena que no parece tener fin y que no ofrece ninguna solución al problema.
En incontables ocasiones el alcohólico experimenta esta sensación hasta la más profunda sima del desespero. Aunque trate por todos los medios de obviar su culpa, llega a la conclusión de que está condenado si hace algo y condenado también si no hace nada. A su sentimiento de fracaso y frustración se añade la naturaleza progresiva de su enfermedad y llega a pensar que nunca podrá encontrar perdón y alivio.
Continuamente el alcohólico promete enmendarse y dejar de beber. Hace estas inocuas promesas a sí mismo, a su esposa, a sus hijos, a su jefe, a sus amigos y aún a su tendero favorito. Pero continuamente también las infructuosas determinaciones se olvidan a los pocos instantes, tan pronto como tiene la oportunidad de apurar la primera copa. Todas aquellas personas a quienes él ha testimoniado sus promesas son seres humanos que tienen parte importante en su vida. El enfermo alcohólico ignora que le es tan imposible mantener sus promesas, como salir por sus propios medios del abismo en que se encuentra. Ha perdido todo sentido de la relación entre causa y efecto. El efecto es su cambio de personalidad, la causa es el alcohol.
Permítaseme ilustrar lo anterior con una anécdota de mi ministerio sacerdotal. Yo soy un sacerdote alcohólico. Al cabo de poco tiempo desde mi llegada a esta parroquia, la gente con problemas alcohólicos, propios o entre sus allegados, encontró que sería posible obtener ayuda. Cierto día llegó un hombre acompañado de su madre, su esposa y sus tres hijos pequeños. Parecía muy conturbado y obviamente demostraba que le había sido imposible cumplir lo que la gente esperaba de él. Había llegado a la situación de tener que recurrir ante el sacerdote a formular un juramento.
¡Podemos imaginar los sentimientos de aquel hombre! Como pude verificar luego, había hecho toda clase de promesas para mermar o suspender la bebida. Ninguna había servido. Aquí estaba ahora, viéndose forzado a jurar ante Dios que dejaría de beber indefinidamente. La fe religiosa de aquella familia estaba anclada en las leyes de la herencia. Por tanto, quien no cumpliera una promesa hecha directamente a Dios, sería condenado y maldito para siempre. En la mente enferma y abandonada de nuestro alcohólico, había germinado la convicción de que ya no cabía esperar perdón si el voto solemne se violaba.
La escena trajo a mi memoria el recuerdo de un hombre que había llegado a otra parroquia, hace ya muchos años, a pedir al sacerdote que le tomara un juramento. El sacerdote le dijo que no había necesidad del voto solemne; que se limitara a rezar con fe y esperar. Su experiencia le enseñaba incontables casos de alcohólicos que, tratando de ayudarse, habían prometido a Dios solemnemente no volver a beber. Cada uno de ellos había recaído y en cada caso la ruptura del juramento había ocasionado un sentimiento excesivo de culpabilidad una sensación de desespero y, como consecuencia, una mayor obsesión por beber. Por esa razón rechazó la petición del alcohólico. Recuerdo muy bien la escena porque el alcohólico era mi padre, quien luego murió repentinamente.
Ahora, en mi parroquia, me encuentro haciendo frente a la misma situación. Pero, al hablar con este hombre, tenía la confianza basada en mi propia experiencia y en la de muchas otras personas que habían compartido conmigo su valor, fortaleza y esperanza. Cuando pedí a los familiares que pasaran a otra oficina e invité al hombre a charlar a solas conmigo, todos se sorprendieron. Sus familiares deseaban ser testigos de la ceremonia de juramento.
Cuando estuvimos solos, le dije que no creía que un voto pudiera servirle. Pero ahora, tanto tiempo después de aquel incidente de mi padre yo tenía algo distinto para ofrecerle. Con toda mi confianza depositada en el don divino de mi sobriedad, empecé por identificarme yo mismo como un alcohólico y a contarle acerca de AA. Si alguien pudiera ver en acción la gracia de Dios, yo creo que la vi en este caso. El hombre me miró con alivio y me prometió acompañarme a una reunión de AA. Ello sucedió hace cinco meses. Hoy el hombre y su familia disfrutan de una paz y una nueva esperanza que nunca habían creído posibles.
Si consideramos que la culpa del alcohólico puede medirse de acuerdo con la dignidad de la persona ofendida y que Dios es infinito para la mentalidad de la mayor parte de los hombres, deberemos concluir que la culpa proveniente de romper una promesa hecha a Dios toma proporciones infinitas, lo cual conduce al pobre enfermo a la más profunda desesperación y de allí a un torbellino de alcohol al que quizás no pueda sobrevivir.
Permítaseme ofrecer esta oración por mí mismo y por mis compañeros: “Dios, concédenos la gracia de evitarle al enfermo alcohólico penalidades adicionales a las que ya padece, evitando proporcionarle inadvertidamente circunstancias que puedan incrementar su temor y su sentimiento de culpa. Amén”.
Anónimo, California
Tomado de: Selección de AA – El Mensaje. Tomo V. Los mejores artículos de las primeras 50 ediciones de “El Mensaje” de Alcohólicos Anónimos.

