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Las Recaídas Y La Naturaleza Humana

Por William Duncan Silkworth, M. D.

El misterio de las recaídas no es tan profundo como parece. Aunque se nos haga extraño que un alcohólico que se ha restablecido a sí mismo hasta llegar a ocupar un lugar digno entre sus congéneres y que ha permanecido abstemio durante años, repentinamente arroje por la borda su sobriedad y felicidad y se vea de nuevo en el peligro mortal de ahogarse en licor, frecuentemente la causa es muy simple.

La gente tiene la tendencia a decir: “Hay algo peculiar con los alcohólicos. Parecen estar bien, pero en cualquier momento retornan a las andadas. Nunca se puede estar seguro de ellos”.

Este razonamiento es trivial. El alcohólico es una persona enferma. Bajo las técnicas de Alcohólicos Anónimos se mejora, vale decir se detiene su enfermedad. Pero es tan imprevisible su comportamiento como puede serlo el de una persona que ha controlado su diabetes.

Quede bien sentado, de una vez por todas, que los alcohólicos son ante todo seres humanos. Por este mismo hecho podemos aseguramos inteligentemente contra las recaídas.

Tanto en los círculos comunes como en los profesionales existe la tendencia a achacar todo lo que un alcohólico haga o deje de hacer a su “conducta alcohólica”. La verdadera causa, es simplemente, su naturaleza humana.

Es un gran error considerar muchos de los rasgos de personalidad que se observan en los adictos a la bebida, como peculiares del alcohólico. Los caprichos emocionales mentales son clasificados como síntomas de alcoholismo, únicamente porque los alcohólicos los tienen; sin embargo, los mismos caprichos pueden verse también entre personas no alcohólicas. ¡Realmente, son síntomas de humanidad!

Por supuesto que el alcohólico se cree diferente a los demás, como alguien especial con tendencias y reacciones únicas. Muchos psiquiatras, médicos y terapistas llevan al extremo la misma idea en sus análisis y tratamientos de alcohólicos. A menudo convierten en intrincado misterio una condición que se encuentra en todos los seres humanos ya sea que beban whisky o leche.

El alcoholismo, al igual que todas las demás enfermedades, tiene manifestaciones propias y singulares. Tiene también un cierto número de características desconcertantes que difieren de las demás enfermedades.

Al mismo tiempo, muchos de los síntomas y gran parte del desenvolvimiento del alcoholismo, son afines y aún similares a los de otras enfermedades.

¡El beber nuevamente es una recaída! Es una reincidencia que ocurre después de que el alcohólico ha dejado de beber y ha empezado el programa de recuperación en AA. Las “recaídas” ocurren generalmente en las primeras épocas del adoctrinamiento del alcohólico en AA, cuando todavía no ha tenido tiempo de aprender suficientemente las técnicas y filosofía de AA en forma que le proporcionen una base sólida para su recuperación. Pero las “recaídas” también pueden ocurrir después de que el alcohólico ha sido miembro de AA durante algunos meses o aún por varios años. En este último tipo de “recaídas” es donde uno puede encontrar principalmente la marcada similaridad que existe entre la conducta de un alcohólico y la de las víctimas “normales” de otras enfermedades.

Nadie se sorprende de que frecuentemente haya recaídas entre los enfermos de tuberculosis. Pero aquí hay un hecho sorprendente; la causa es muchas veces la misma que conduce a las “recaídas” del alcohólico.

El proceso es éste: Cuando un paciente tuberculoso se recupera lo suficiente como para ser dado de alta en el hospital, el médico le da cuidadosas y detalladas instrucciones sobre la forma de vida que debe adoptar en lo sucesivo. Debe tomar grandes cantidades de leche. Debe abstenerse totalmente de fumar. Debe obedecer varias normas muy estrictas.

Durante los primeros meses, tal vez durante varios años, el paciente sigue las instrucciones que le han sido dadas. Pero a medida que se va fortaleciendo y se va sintiendo más recuperado, va bajando la guardia. Puede llegar el momento en que decida que puede trasnochar un poquito. Cuando lo hace, nada malo sucede. Pronto está descuidando totalmente las indicaciones que le dieron cuando salió del hospital. Eventualmente llega la recaída.

La misma tragedia puede verse en los enfermos cardíacos. Después del ataque al corazón, el paciente se somete a un estricto régimen de cuidado. Como está asustado sigue sin discusión las instrucciones durante algún tiempo. Se acuesta temprano, evita ejercicios pesados tales como subir escaleras, deja de fumar y lleva una vida espartana. Eventualmente, sin embargo, llega el momento en que, luego de haberse sentido bien durante meses o años, cree que ha recuperado toda su fuerza y al mismo tiempo ha perdido todo el temor. Si el ascensor sufre averías algún día, nuestro hombre sube tranquilamente los tres pisos necesarios. O decide ir a una fiesta, o fumarse un cigarrillo, o tomarse un par de tragos. Si no observa efectos graves de este quebrantamiento del régimen de vida que ha llevado, ensaya hacerlo de nuevo, hasta cuando llega el momento en que sufre una recaída.

Tanto en el caso del tuberculoso como en el del cardíaco, los actos que condujeron a la recaída fueron precedidos por un razonamiento erróneo. El paciente en cada caso se hizo una racionalización alejada por completo de su propia realidad. Se apartó deliberadamente de su conocimiento del hecho de que había sido víctima de una grave enfermedad. Adquirió un exceso de confianza. Decidió que ya no necesitaba seguir ninguna regulación.

Esto es exactamente lo que sucede al alcohólico que tiene detenida su enfermedad o al AA que tiene una “recaída”. Obviamente, la decisión de tomarse un trago ha sido anterior al hecho en sí. Ha empezado a pensar equivocadamente antes de colocarse en la senda que lo conduce a la “recaída”.

No hay razón para achacar la “recaída” a la conducta alcohólica, así como no hay razón para suponer que el segundo infarto se debió a la conducta cardíaca. No hay nada confuso en ésto. El paciente simplemente no siguió las instrucciones.

Para el alcohólico AA ofrece las debidas instrucciones. El factor vital e ingrediente preventivo, es la continuidad en las emociones.

El alcohólico que aprende algunas de las técnicas, pero deja a un lado la filosofía y el espíritu del programa, se cansa de seguir las sugerencias no porque es alcohólico, sino porque es humano. Las normas y los reglamentos irritan a cualquier persona, porque son restrictivas, prohibitivas, negativas. Sin embargo, la filosofía de AA es positiva y ofrece un amplio motivo para la emoción perdurable, un continuo deseo de seguir voluntariamente las instrucciones.

En todo caso, la sicología del alcohólico no es tan diferente como la gente cree. Es cierto que la enfermedad tiene algunas diferencias físicas y tal vez el alcohólico tiene problemas peculiares ya que ha sido colocado a la defensiva y en consecuencia se han desarrollado sus frustraciones. Pero en muchos casos, no hay más razón para hablar de la “mentalidad alcohólica”, que la que hay para tratar de describir algo así como “mentalidad cardíaca” o “mentalidad tuberculosa”.

Creo que podemos ayudar mucho más al alcohólico si reconocemos que él es primordialmente un ser humano, con todas las características de la naturaleza humana.

Tomado de: Selección de AA – El Mensaje. Tomo V. Los mejores artículos de las primeras 50 ediciones de “El Mensaje” de Alcohólicos Anónimos.

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